19/1/12

Allí donde tu no estás.

He odiado la obscuridad desde que tengo memoria.  El caminar entre sombras, con el silencio a tus espaldas que parece susurrar a tu paso alguna frase inaudible no me parece una situación agradable. Siempre ha sido así.  Me agrada la luz, la visibilidad completa.  Amo los rayos del sol sobre mi piel, ver las motas de polvo a través del lienzo que se le escapó al sol y se metió por la ventana.

La obscuridad y yo hemos reñido por años, pero ahora hacemos una pausa y la reconciliación se vislumbra.  Estar a solas, bajo el manto obscuro, es reparador.  Nada de sombras, nada de susurros, esos solamente son imaginación.  Allí, justo en ese espacio, donde la luz no llega, puedo ver mi interior resplandeciente.  Ese que se esconde durante el día por temor a ser señalado, criticado, quizá lastimado.

Abro mis ojos, la soledad es mi fiel compañera.  No hay distracciones, todos duermen.  Nada me desenfoca, ningún ruido me despierta.  E inmersa en esta penumbra, mis pensamientos son más claros o yo deseo verlos así, el ritmo cardíaco es normal, nada lo apresura.  Puedo verte, aún escondida ante tus ojos. Puedo tocarte sin que lo sientas.  Te beso y no despiertas.  Eres mío, aunque no quieras.

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